Crónica de una conversación en el Congreso sobre la última frontera de la privacidad: el cerebro
¿Quién protege lo que ocurre dentro de tu cererbro? Esa fue, en el fondo, la pregunta que sobrevoló la primera sesión de las 'Conversaciones C' en el Congreso de los Diputados.
La última frontera de la privacidad no está en nuestros datos médicos, ni en los bancarios, ni en el número de identidad. Es el cerebro. Y lo que ocurre dentro de él empieza a ser, técnicamente, accesible. El 23 de abril, la Oficina C inauguró las ‘Conversaciones C’ con Rafael Yuste, uno de los neurocientíficos más influyentes del mundo. La sala del Congreso de los Diputados estaba llena: neurocientíficos, expertos en derecho, diputados y diputadas, asesores parlamentarios, investigadores. La diversidad del público no era casual. El tema atraviesa disciplinas científicas, éticas y políticas.
La Secretaria Segunda del Congreso, Isaura Leal, abrió el acto. Lo hizo subrayando algo que está en el centro de la misión de la Oficina C: la alianza entre la ciencia y la tarea parlamentaria.
Yuste empezó su intervención por lo más palpable y familiar para el público: la experiencia en el laboratorio. Explicó cómo la neurotecnología, dispositivos capaces de medir y modificar la actividad cerebral y, con ello, de empezar a descifrar cómo funciona la mente humana, ha logrado ya descodificar imágenes mentales, inferir el lenguaje interno de una persona o restaurar la comunicación en pacientes que llevaban décadas atrapados en su propio cuerpo. En contextos clínicos, ese avance es extraordinario. Fuera de ellos, el horizonte es aún muy difuso. Y lo que Yuste vio en ese horizonte, una noche de 2017, no le dejó dormir.
En su laboratorio, ese año, el equipo había identificado qué neuronas se activaban en el cerebro de un ratón al ver una imagen concreta. Usando neurotecnología óptica de láser, activaron esas mismas neuronas sin que el ratón estuviera viendo nada. El animal se comportó como si la imagen estuviera ahí: una alucinación provocada desde fuera. Yuste lo llamó la paradoja de Schrödinger de la neurotecnología. La esquizofrenia, explicó, se caracteriza precisamente por eso. Y la misma tecnología que podría curarla puede reproducirla en cualquier persona. La misma que devuelve la voz a un paciente paralizado puede descodificar el pensamiento de cualquiera sin su consentimiento.
La tecnología que lo hace ya no está solo en los laboratorios. Cascos, gorros y diademas capaces de medir la actividad cerebral se venden ya en el mercado para jugar a videojuegos, meditar o dormir mejor. Un análisis de la Fundación Neuroderechos, de la que Yuste es presidente, sobre los contratos de treinta empresas neurotecnológicas comerciales reveló que veintinueve de ellas incluyen cláusulas por las que el usuario cede de forma permanente sus datos cerebrales, con posibilidad de venta a terceros no identificados. El mercado, dijo Yuste, no puede estar menos regulado.
Sin embargo, la respuesta legislativa ya existe en algunos países, en buena parte gracias al trabajo de Yuste y su fundación. Chile fue el primero en el mundo en proteger constitucionalmente la actividad neuronal de sus ciudadanos, en 2021. California, donde se concentra la mayor parte de la industria neurotecnológica, aprobó su propia ley en 2024. Canadá lo hizo por decreto hace apenas dos meses. En todos los casos, las votaciones fueron unánimes.
España tiene ahora dos vías abiertas y una posibilidad de ser líder en Europa: el anteproyecto de ley de salud digital de Cantabria, que ya incluye un artículo específico de protección de los neurodatos, y el anteproyecto de Ley de Salud Digital que el Ministerio de Sanidad impulsa y que, una vez concluida su fase de consulta pública, deberá iniciar su tramitación parlamentaria en el Congreso.
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