Los centenarios representan un modelo de envejecimiento que la ciencia trata de comprender e imitar. No solo porque viven más años, sino porque consiguen mantener una buena salud y autonomía hasta edades muy avanzadas.
Sin embargo, no todos tenemos la suerte de proceder de familias de centenarios. Aun así, los genes no determinan por completo cómo envejecemos. Aunque la genética desempeña un papel importante y puede llegar a explicar hasta el 50 % de la longevidad saludable, existen muchos otros factores sobre los que sí podemos actuar. De hecho, cada vez conocemos más estrategias de geroprotección que pueden ayudarnos a acercarnos al objetivo de la vida centenaria: prolongar los años de vida con buena salud y retrasar lo máximo posible la aparición del deterioro asociado a la edad.
De estas estrategias, algunas farmacológicas y otras relacionadas con los hábitos de vida, habló Ana María Cuervo, codirectora del Centro de Gerociencia del Albert Einstein College of Medicine de Nueva York, durante la cuarta edición de ‘Conversaciones C’, celebrada el pasado 24 de septiembre en la Sala Constitucional del Congreso de los Diputados.
La gerociencia estudia los procesos celulares que contribuyen a cómo envejecemos para encontrar formas de intervenir sobre ellos. De todos los mecanismos investigados, doce cumplen los criterios para ser considerados pilares del envejecimiento. Esto significa que su alteración acelera este proceso y que actuar sobre ellos permite retrasarlo o, incluso, revertir algunos de sus efectos.
Entre estos pilares se encuentra la autofagia, el sistema interno de limpieza y reciclaje celular al que la doctora Cuervo ha dedicado gran parte de su carrera científica. Este proceso permite a las células degradar y reciclar aquellos componentes que están dañados o que ya no necesitan.
En experimentos con ratones se ha observado que mantener activa la autofagia durante toda la vida permite que animales de edad muy avanzada, equivalente a más de 90 años en humanos, conserven una mejor condición física y una mayor capacidad de exploración, memoria y actividad que otros de la misma edad. Por el contrario, cuando se elimina este mecanismo en animales jóvenes, comienzan a presentar alteraciones propias de edades avanzadas.
Más allá del laboratorio, algunos hábitos cotidianos pueden contribuir al buen funcionamiento de este mecanismo de autofagia.
Aunque hoy cuentan con respaldo científico, muchos de ellos llevan generaciones pasando de abuelos a nietos. “Lo único que tenía que haber hecho de pequeña era escuchar a mi abuela”, bromeó la ponente al resumirlas en cinco hábitos: espaciar los horarios de las comidas, hacer ejercicio, dormir bien, mantener una vida social activa y afrontar con resiliencia el estrés y las adversidades.
Detrás de estos consejos cotidianos hay procesos biológicos concretos. Dejar pasar varias horas entre comidas, hacer ejercicio y descansar bien ayuda a activar la autofagia. “La limpieza profunda ocurre cuando se baja la persiana”, explicó Cuervo. La socialización y la respuesta frente al estrés también parecen favorecer un envejecimiento más saludable, aunque su relación con la autofagia cuenta todavía con una evidencia menos sólida.
Mientras la ciencia desarrolla nuevas estrategias para intervenir en el envejecimiento, muchas de las herramientas para vivir más, pero, sobre todo, mejor, ya están a nuestro alcance. Como resumió la bióloga celular, “el envejecimiento saludable puede empezar hoy”.
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